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El cierre de año como punto de partida.

El cierre de año como punto de partida

El cierre de año suele juntar varias cosas al mismo tiempo: cansancio acumulado, necesidad de hacer balance y, sobre todo, un cambio en el ritmo. Cuando baja un poco el ruido del día a día, aparece algo que durante el año casi no existe: tiempo para mirar cómo se está trabajando de verdad.

No se trata de anunciar cambios ni de redefinir todo. Tampoco de quedarse solo en el repaso de lo que ya pasó. Es un buen momento para ordenar ideas, revisar procesos y detectar qué conviene ajustar antes de volver a acelerar. En ese ejercicio, este año aparece con bastante fuerza algo puntual: cómo se está integrando la inteligencia artificial en el trabajo cotidiano y cómo se están manejando los procesos y los tiempos para no arrancar el próximo año desde la urgencia.


La IA ya está incorporada, el desafío es cómo se usa

La inteligencia artificial dejó de ser novedad hace rato. Está en herramientas, plataformas, flujos de trabajo y conversaciones internas. El punto interesante hoy no pasa por si se usa o no, sino por cómo se la integra dentro de un esquema de trabajo real.

En muchos equipos, la adopción fue rápida y bastante desordenada. Se la usa para escribir, resumir, generar ideas, acelerar tareas. Todo eso suma, sobre todo en velocidad. La diferencia con el escenario pre-IA es clara: hoy se puede producir contenido casi sin fricción, en volúmenes que antes eran impensables. El problema aparece cuando esa velocidad no viene acompañada de criterio. Ahí empiezan a aparecer textos genéricos, errores conceptuales, inconsistencias de marca y mensajes que “suenan bien” pero no dicen demasiado.

Usar solo IA, sin un mix con pensamiento, diseño y revisión humana, suele llevar a ese resultado: contenido correcto en la forma, flojo en el fondo. Lo mismo pasa con campañas que se arman rápido y funcionan “en promedio”, pero sin una lógica estratégica clara detrás. La herramienta cumple, pero no eleva.

La diferencia empieza a verse cuando la IA se usa como apoyo, no como reemplazo. Cuando hay contexto, criterios definidos y límites claros. Y cuando se la integra a procesos que ya existen, en lugar de forzar procesos nuevos solo porque la herramienta lo permite. En ese punto, modelos como ChatGPT, Claude o Gemini empiezan a sumar de verdad, no por lo que generan solos, sino por cómo aceleran decisiones que siguen siendo humanas.

Hay otro frente que hoy merece más atención: la IA integrada en flujos operativos. Formularios, chats, respuestas automáticas, asistentes en sitios o CRMs. Estos sistemas, muchas veces basados en LLMs, pueden responder rápido y con seguridad aparente y aun así equivocarse. Cuando eso pasa, el impacto no es solo interno: puede afectar directamente a la audiencia, al usuario y a la percepción de la marca. Y ese costo suele ser más alto que cualquier ahorro de tiempo.

Por eso, hoy el foco no debería estar en automatizar todo, sino en controlar bien qué se automatiza. Revisar salidas, entrenar modelos con información correcta, limitar respuestas donde haga falta y asumir que, por ahora, la supervisión humana sigue siendo clave. No solo para cuidar la marca, sino también para mejorar estos sistemas con el uso real y no con supuestos.

Un ejercicio que todavía se hace poco, y que vale la pena probar, es revisar qué devuelven estos modelos sobre la propia marca, los servicios o la comunicación. Qué entienden, qué repiten, qué omiten. Esa lectura suele ser muy reveladora. Dice mucho sobre cómo estamos comunicando hoy y qué tan claro llega el mensaje hacia afuera.


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Cuando el volumen sube, los procesos, o la falta de ellos, se hacen evidentes.

Durante el año, los procesos suelen quedar en segundo plano. No porque no existan, sino porque los que están, están; y los que no, rara vez cambian de forma abrupta en medio del trabajo. Se sigue avanzando con lo que hay. El sistema puede ser más o menos prolijo, más o menos informal, pero funciona. Hasta que deja de hacerlo.

Cuando el volumen sube, los procesos, o la falta de ellos, se hacen evidentes. Aparecen los cuellos de botella, los tiempos muertos, las idas y vueltas innecesarias. Este tipo de inconvenientes no suelen aparecer de forma intencional, sino porque no está claro quién decide qué, en qué instancia o con qué criterio. Y ahí el trabajo se empieza a trabar en lugares que antes pasaban desapercibidos.

Un punto delicado en marketing es el equilibrio entre orden y burocracia. La aprobación es necesaria, las cadenas de mando existen y cumplen una función. El problema aparece cuando ese orden se vuelve un freno: decisiones que nadie termina de tomar, instancias donde todos opinan pero nadie valida, tareas que quedan en pausa porque no está definido quién tiene la última palabra. En esos espacios, el trabajo no avanza, y nadie quiere arriesgarse a destrabarlo.

Esto es algo que se ve mucho cuando el marketing funciona como un área extendida o tercerizada. No se trata solo de ejecutar servicios, sino de integrarse a dinámicas internas que ya existen. En esos casos, parte del trabajo pasa por ayudar a ordenar, por definir roles claros sin sumar capas innecesarias, y por evitar que la burocracia se convierta en un bloqueo para el crecimiento.

Hay que dentificar dónde se pierde tiempo, qué decisiones podrían resolverse antes, qué tareas hoy dependen de personas puntuales y cuáles podrían apoyarse mejor en automatizaciones o asistentes, humanos o de IA jaja,  sin perder control ni criterio.

Para quienes lidermos equipos y/o áreas, implica hacerse preguntas concretas sobre cómo se está decidiendo, dónde se pierde tiempo y qué parte del trabajo depende demasiado de personas clave. Para los equipos, en cambio, suele ser una oportunidad para poner sobre la mesa fricciones reales: procesos que no escalan, aprobaciones que se estancan o herramientas que se usan sin un criterio común. El objetivo de sumar herramientas es de mejorar el trabajo y el tiempo de quienes lo realizan.

No se trata de encontrar respuestas inmediatas ni de cambiar todo de golpe. Se trata de identificar qué conviene revisar ahora, cuando el ritmo baja un poco, para no volver a arrancar desde la urgencia cuando el volumen suba. Pensarlo con tiempo permite probar, ajustar y ordenar. Definir todo a las apuradas, casi siempre sale más caro.